Enrique VII

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Capilla de Enrique VII

los Capilla de la Dama de Enrique VII, ahora más conocido como el Capilla de Enrique VII, es una gran capilla de la Dama en el extremo oriental de la Abadía de Westminster, financiada por voluntad del rey Enrique VII. Está separada del resto de la abadía por puertas de bronce y un tramo de escaleras. [1]

La estructura de la capilla es una nave de tres naves compuesta por cuatro tramos. El ábside de la capilla contiene el altar, y detrás de él, las tumbas de Enrique VII y su esposa, así como de Jacobo I. Hay cinco capillas absidales. [1]

La capilla destaca por su techo abovedado con abanico colgante.

La capilla está construida en un estilo gótico perpendicular muy tardío, cuya magnificencia hizo que John Leland la llamara la orbis miraculum (la maravilla del mundo). [2] En la capilla se encuentran las tumbas de varios monarcas, incluidos Enrique VII, Eduardo VI, María I, Isabel I, Jacobo I, Carlos II y María, reina de Escocia. [3]

La capilla también ha sido la iglesia madre de la Orden del Baño desde 1725, y los estandartes de los miembros cuelgan sobre los puestos.


Enrique VII

Un nuevo libro sobre Enrique VII es un acontecimiento importante. El último estudio completo sobre el rey y su reinado, de S. B. Chrimes, fue escrito en 1972, en un mundo historiográfico muy diferente. En ese momento, la explosión de interés en la historia medieval tardía todavía estaba en su infancia, y las décadas posteriores a 1485 se vieron principalmente a través del lente de la "Revolución Tudor en el gobierno". Desde entonces, han sucedido muchas cosas que han alterado nuestra comprensión de la vida y la época de Enrique VII. El siglo XV se ha convertido en uno de los períodos más extensa y minuciosamente estudiados de la historia medieval, y las suposiciones arraigadas sobre la precariedad de la autoridad de Plantagenet se han erosionado, la visión de Elton de los primeros Tudor ha sido sustancialmente maltratada y remodelada y los medievalistas han atravesado las murallas. de la modernidad temprana para comentar críticamente los logros de Enrique VII. Mientras tanto, si el primero de los Tudor sigue siendo un rey poco querido y pasado de moda, se imprimirá nuevamente en la conciencia nacional como un decano del programa de estudios de nivel AS (prácticamente ineludible, independientemente de la Junta que elija). Estas tendencias han producido una gran expansión del interés en el reinado de Henry, que comenzó en serio en la década de 1990. Hasta ahora, esto ha producido una gran cantidad de información nueva y muchas perspectivas nuevas, pero ninguna síntesis nueva sustancial. Sean Cunningham, que ha estado estudiando el reinado durante una década y media, está en una posición ideal para unir las cosas en un trabajo formado por sus propias investigaciones exhaustivas. Su libro tan esperado sin duda hace avanzar las cosas.

El punto de partida de Cunningham es la sombría reputación del rey, que es sombría en dos sentidos. Por un lado, es enigmático y poco explorado, ya que a menudo se ve a Enrique VII a través del medio impersonal de sus medidas administrativas y fiscales. Por otro lado, no es del todo confiable, ya que Henry también es recordado como un avaro de rostro duro cuyo gobierno se acercó tanto a la tiranía que su muerte provocó que se hablara de la Carta Magna y el arresto de sus principales ministros. El objetivo de Cunningham es mirar más allá del historial institucional, tanto positivo como negativo, al hombre mismo. Busca comprender y explicar las políticas autoritarias y centralizadoras del rey, y situar sus controvertidas medidas en el contexto de su personalidad y experiencias. Por lo tanto, el libro pasa rápidamente a una narración de cuatro capítulos de la vida y el reinado de Henry, antes de cubrir el gobierno del reino de Henry de manera más temática en otros siete capítulos. Una conclusión, que incluye un bosquejo de la investigación actual sobre el reinado, completa el volumen.

La narración de Cunningham comienza con un hábil relato de la vida temprana de Henry hasta Bosworth, que contiene pocas sorpresas, pero se distingue por convertirlo en el campeón dinástico de Lancaster desde la muerte de Enrique VI y su hijo Edward en mayo de 1471. La usurpación de Ricardo III como decisiva para crear nuevas oportunidades para Enrique, Cunningham también señala las tensiones que surgieron de su base mixta de apoyo: la alianza entre Enrique y la red de eduardianos descontentos fue un matrimonio de conveniencia, y puede haber sido amenazado por la adición del incondicionalmente lancasteriano conde de Oxford a la fiesta del rey a finales de 1484. Estas grietas en el séquito Tudor forman un tema que recorre la narración subsiguiente: Henry, el hombre a quien nadie más que su madre y su tío conocían realmente, era respaldado por una incómoda alianza de antiguos habitantes de Lancaster y de York anteriores a 1483. Desde el momento en que la espléndida victoria en Bosworth le valió a Enrique el trono, este grupo inestable se complicó aún más con la incorporación de ex ricardianos, tanto administradores fríos como los ministros eduardianos que habían permanecido en el cargo después de la usurpación de Ricardo, y señores y caballeros, cuyas asociaciones con el último rey Yorkista se remonta bastante más atrás. No es de extrañar, en opinión de Cunningham, que el rey demostrara ser tan vulnerable a las conspiraciones de York en los años venideros.

La narración del reinado se realiza en tres capítulos, y estos constituyen uno de los principales logros del libro. Por primera vez, las aflicciones de Henry con los pretendientes, sus tratos con los gobernantes extranjeros y los ritmos de la política interna y la reforma gubernamental se tratan con una extensión decente, todos juntos y en un formato cronológico. La división de Cunningham del reinado en tres secciones funciona muy bien. Primero están los años de establecimiento, 1485-9, en los que el rey estableció su régimen, operando de una manera ampliamente tradicional, confiando en la medida de lo posible en sus partidarios más probados, pero ofreciendo cuartel a cualquiera que quisiera trabajar con él. Respondió dinámicamente al gran levantamiento de 1487 y mostró misericordia a muchos participantes (incluso a una de sus figuras centrales: Lambert Simnel). En 1489, había forjado vínculos con el duque de Bretaña y los Reyes Católicos de España. Tenía una esposa yorkista y un hijo legítimo, y pudo acabar con la rebelión de Yorkshire de ese mes de abril sin dificultad. Los primeros años del rey, entonces, fueron un éxito.

Pero el panorama estaba a punto de cambiar, y el próximo capítulo de Cunningham trata sobre la década de 1490 y el poderoso impacto de la conspiración de Warbeck en el gobierno de Henry. Se muestra que esta conspiración surgió de tres fuerzas principales: los designios de John Taylor, un ex sirviente del duque de Clarence, el deseo de una sucesión de gobernantes extranjeros para causar problemas a Henry (comenzando con los franceses, que estaban respondiendo a la las intervenciones del rey en nombre de Bretaña) y la alienación de los ex Yorkistas, ya que los agentes de mayor confianza de Enrique comenzaron a expandir las operaciones a sus expensas. En una narrativa convincente, aunque bastante compleja, Cunningham muestra cuán grave era la amenaza de Warbeck, recordándonos que su identidad era incierta y señalando que solo el mal tiempo impidió un aterrizaje sustancial en East Anglia en el verano de 1495. No hasta finales de 1496, Henry comenzó a dominar la situación de manera convincente, y solo unos meses más tarde se enfrentó a una rebelión masiva en el suroeste mientras sus fuerzas principales estaban preparadas en la frontera escocesa. A lo largo de la década de 1490, parece que el rey tuvo el apoyo suficiente y sólido para enfrentar a quienes lo traicionaron y manejar a quienes vacilaron. el necesitó. Simplemente por sobrevivir, emergió de la década de 1490 muy fortalecido, y es revelador que solo en 1499, después de la captura de Warbeck, los españoles finalmente aceptaron el matrimonio planeado durante mucho tiempo de Catalina con el príncipe Arturo, el futuro del régimen de Enrique parecía seguro. de una manera que nunca antes había hecho.

De hecho, sin embargo, 1499 resultó ser un falso amanecer, como muestra el capítulo narrativo final. Entre 1499 y 1504, Henry sufrió otra serie de desastres que lo llevaron a expedientes políticos y fiscales más desesperados, y lo dejaron luciendo aún más vulnerable que antes. En la primavera de 1503, dos de sus tres hijos y su esposa habían muerto, él mismo había comenzado a mostrar signos de enfermedad y el recién rebelde conde de Suffolk había huido a la corte del Emperador para ponerse a salvo. Los años restantes del reinado fueron realmente tensos, ya que el rey recaudó sumas fantásticas para comprar a Maximiliano y la autoridad moral de su gobierno disminuyó. Un golpe de suerte puso a Suffolk en sus manos en 1506, pero los hermanos menores del conde, también demandantes de York, permanecieron en el extranjero, y la enfermedad cada vez mayor del rey significó que la diplomacia estaba menos bien administrada y los agentes reales estaban menos supervisados. La situación en Londres estaba llegando a su punto de ebullición en 1509, cuando la muerte de Enrique y la sucesión de su joven heredero por fin le trajeron alivio. En una serie de movimientos, sobre los que Cunningham podría haber dicho un poco más, Enrique VIII y sus asesores liberaron la presión que se había acumulado durante la década anterior mientras preservaban la red real y los otros logros esenciales del gobierno de Enrique VII.

El resto del libro, un poco más de la mitad, analiza la regla del reino de Henry. Un largo capítulo examina las ideologías, prácticas y marcos del gobierno real. Los capítulos siguientes discuten una variedad de cuestiones y problemas: las estructuras de poder de las localidades inglesas las redes reales se centraron en la corte y el consejo las políticas de seguridad por las que el rey es tan famoso: vínculos y reconocimientos, medidas contra el mantenimiento de las relaciones con la iglesia y el gobierno. ciudad de Londres el dominio de la economía, el comercio y las fuerzas armadas de Gales e Irlanda. Estos capítulos están repletos de información, algunos de ellos nuevos y la mayoría útiles. Para este crítico, lo más destacado fueron las discusiones sobre la política local en Kent, el Noroeste y el Este de Anglia, que están hábilmente hechas y son eminentemente persuasivas: sabemos muy poco sobre el gobierno de las localidades bajo Enrique VII, pero es un área crucial, y el capítulo de Cunningham, que se basa en su propia investigación, es una excelente adición a lo que se puede aprender de las obras de Christine Carpenter, Tony Pollard, Dominic Luckett y otros. Hacia el final del libro, la lógica del tratamiento se vuelve bastante misteriosa: no está muy claro por qué la iglesia, el comercio y Londres son los componentes principales de 'The King's Nation', o por qué 'Proyectando la influencia de Tudor' alberga a el ejército, Gales e Irlanda, pero, en conjunto, la segunda mitad se suma a una imagen bastante completa de la política, el gobierno y la sociedad política en el período del reinado.

Si hay un tema central en esta sección, es quizás -como propuso Margaret Condon en un famoso ensayo (1) - el papel crucial de los consejos y consejeros en el régimen de Enrique VII. Según la convincente opinión de Cunningham, el pequeño grupo de consejeros de confianza de Henry le proporcionó una red de administradores altamente capacitados, que podían generar nuevas políticas y administrar su implementación sin una supervisión real intensiva. Su intimidad con un rey que se volvió más remoto desde principios de la década de 1490 los convirtió en figuras clave en la mediación del poder real, lo que les permitió enriquecerse y dirigir los asuntos de todos aquellos que buscaban el favor real. Su combinación de roles, no solo intermediarios, expertos en políticas y administradores de registros, sino jueces y gerentes financieros, les dio dominio político, y rápidamente desarrollaron mecanismos nuevos y conectados para administrar el ámbito más amplio: la justicia rápida y flexible de consejo y cancillería el uso de vínculos para hacer cumplir el cumplimiento y el buen comportamiento una red de oficiales reales, conocidos por los concejales y obligados a cumplir con sus funciones de manera eficiente, para gobernar las localidades a través de séquitos autorizados y la autoridad derivada de la conexión con el centro. La tendencia opresiva de esta estructura unió a sus participantes hasta muy tarde en el reinado, cuando, sugiere Cunningham, un grupo que incluía a Surrey, Fox, Lovell y Warham comenzó a distanciarse de las actividades de Empson, Dudley y el Council Learned in la Ley. Henry había logrado crear una estructura de poder curiosamente efectiva y prolijamente autoperpetuante, no sin costos, como lo demostró la disidencia recurrente de quienes estaban debajo y afuera, pero lo suficientemente fuerte como para prevalecer y proporcionar la base del estado Tudor.

Como trabajo de síntesis, este libro tiene muchas fortalezas: es erudito, moderado y respetuoso del trabajo de otros historiadores: el más controvertido de los reyes es tratado de una manera notablemente incontrovertible. Al mismo tiempo, sin embargo, se siente un poco informe y me pregunto si el deseo del autor de evitar la discusión es parte del problema. Cunningham anda con mucho cuidado: la batalla de Bosworth podría haber sido aquí, o podría haber estado allí, Perkin Warbeck podría haber sido el hombre mencionado en su confesión, o podría haber sido otra persona, o incluso podría haber sido Richard de York Henry. VII podría haber estado tratando de socavar el poder de los señores, o simplemente podría haber estado tratando de manejarlo mejor, sus desgracias podrían haber surgido de la oposición dinástica, o de la interferencia extranjera, o de los resultados de sus propias políticas, retener podría haber sido un amenaza, o podría haber sido algo que el rey necesitaba para preservar al rey gobernado con un grupo de consejeros de ideas afines, pero "fue completamente la personalidad de Enrique VII la que dio forma y dirigió el curso del reinado" (p. 285). A veces, estos debates no importan, pero, de ser así, es de esperar que nos lo digan. Más a menudo, la situación es genuinamente complicada -por un lado, esto por el otro, eso- y luego una síntesis clara de posiciones en conflicto nos ayudaría a comprender. Para tomar el ejemplo de Warbeck, lo que el lector realmente necesita saber es que virtualmente ninguno de sus contemporáneos podía estar seguro de que él no era Ricardo de York y que, en consecuencia, Henry, su régimen y sus oponentes tenían que comportarse como si lo fueran. tratar con el hijo del último rey legítimo y plenamente efectivo de Inglaterra: esto está implícito en el tratamiento de Cunningham, pero no es explícito. Del mismo modo, habría sido muy útil para los historiadores académicos ver una respuesta razonada a la memorable crítica de Christine Carpenter a Enrique VII, como un rey que gobierna una política aún medieval cuyas necesidades en gran medida no entendía (2). Uno siente que Cunningham no está de acuerdo con este punto de vista, pero hubiera sido bueno verlo presentar un caso en su contra. Hizo ¿Henry juzgó mal las estructuras de poder de su reino? Si lo hizo, ¿por qué lo hizo? ¿Cuáles fueron los resultados de estos errores de juicio y cuánto importaron? ¿Seguía siendo el reino "medieval", en el sentido pretendido de estar dominado por redes de señorío aristocrático? Cunningham podría responder a todas estas preguntas, y hay indicios de sus puntos de vista a lo largo del libro, pero, debido a que preguntas como estas no se plantean o no se tratan de manera sistemática, hay una cierta falta de claridad y conclusión en su tratamiento. Gran parte de esto, sin duda, se debe a las exigencias de la serie en la que aparece el libro. La propaganda de Routledge Historical Biographies promete 'biografías atractivas, legibles y académicamente creíbles', 'relatos accesibles [que] darán vida a importantes figuras históricas'. Esto parece haber significado un límite estricto en las notas a pie de página, lo cual es una pérdida real dado el amplio conocimiento de Cunningham de las fuentes y la cantidad sustancial de material nuevo que presenta. También significa un énfasis en lo personal, en el sentido de que las motivaciones y experiencias del rey deben colocarse en el centro del libro y probablemente ha significado un menor compromiso con el contexto histórico e historiográfico del reinado de Enrique, porque los 'lectores generales' no son se supone que encontraría estos interesantes.

Hay otras dos críticas que haría en este sentido. El primero se refiere a los antecedentes del reinado de Enrique VII. Aunque Cunningham proporciona una buena descripción de los acontecimientos políticos anteriores a 1485, al menos en lo que respecta a Henry Tudor, su manejo del contexto más amplio del siglo XV: el funcionamiento de la política medieval tardía, la dinámica de las guerras civiles, la La situación europea, incluso los patrones y eventos del reinado de Eduardo IV, es incompleta y, a menudo, cuestionable. Cunningham habla con demasiada facilidad de "un siglo [antes de 1485] de disputas nobles por la corona" (p. 4), y la nobleza en su relato es en general un fastidio, peleando por el patrocinio real y comportándose de una manera demasiado poderosa. Si bien esta impresión negativa se ve mitigada por recordatorios ocasionales de que `` el poder noble sustentaba gran parte del poder real '' (p. 165), y / o al señalar que la nobleza podría unirse para tratar de restaurar el orden, hay poco reconocimiento de que el pre -1485 El orden político podía funcionar perfectamente bien, y no había una explicación comprensiva de por qué estaba estructurado como estaba. Esto es una lástima, ya que fue precisamente este punto ciego entre los historiadores de finales del siglo XV y XVI lo que motivó la crítica medievalista de Enrique VII en la década de 1990, y no concuerda con la forma en que los historiadores del resto del siglo XV pensar en la política (la afirmación de Cunningham, en la p. 121, de que los historiadores de hoy consideran las obras de Fortescue como un punto de partida para el estudio de las ideas políticas y constitucionales de la Baja Edad Media es seriamente engañosa, tanto historiográficamente, ya que la mayoría Los medievalistas consideran a Fortescue como un testigo problemático, e históricamente, ya que sus obras estaban lejos de ser neutrales y estaban escritas en el contexto de una crisis política prolongada). En mi opinión, Cunningham no presta suficiente atención a por qué el sistema político se derrumbó en la década de 1450, ni a cómo se desarrolló en las décadas de 1460 y 70. Esta última es una omisión sorprendente, dada la frecuencia con la que los reinados de Eduardo IV y Enrique VII se han comparado entre sí, pero también es importante, porque la política que Henry heredó había sido remodelada significativamente por la guerra civil recurrente y por las formas en el que sucesivos regímenes habían respondido a él. Cunningham hace varias referencias a cómo Enrique VII se basó en los logros de Eduardo IV, y / o evitó algunos de sus errores de juicio, pero no da ninguna consideración enfocada a los cambios en el gobierno real y el poder noble que tuvieron lugar en el período Yorkista, y que ayudar a explicar no solo las fortalezas y debilidades de la situación de Henry, sino también las soluciones que él y sus ministros adoptaron. No es razonable llamar al reinado de Henry `` la importante transición entre el desorden político de las Guerras de las Rosas y las estridentes y confiadas monarquías Tudor que lo siguieron '' (p. 285) sin considerar de qué se había tratado ese desorden político y en qué consistía ese desorden político. las transiciones ya habían tenido lugar antes de que Henry llegara a gobernar.

Explicar estos trastornos y transiciones significa comprometerse con las estructuras subyacentes, y esa sería mi crítica final de este libro: se concentra más en las personalidades, las motivaciones conscientes y los eventos que en los patrones y marcos subyacentes que les dan forma. Una vez más, sin duda, esto es una consecuencia del formato biográfico y, para ser justos, Cunningham apenas ignora los patrones de causa y efecto, y escribe astutamente sobre cosas tales como las causas y las consecuencias del círculo cada vez más reducido de amigos de Henry. o los dilemas de gobernar las localidades sin recurrir a potentados locales poco fiables. Pero me parece que muchas de estas ideas podrían llevarse más lejos y que no se ha prestado suficiente atención a los factores estructurales. Destacaría tres de ellos: la interpenetración de los conflictos políticos insulares, `` británicos '' y europeos; la erosión de la confianza política por la inestabilidad política recurrente; la interacción de todo el orden político: los bienes comunes y las élites urbanas, así como los terratenientes mayores y menores. con la dinámica de la guerra civil y las políticas asociadas con la "nueva monarquía".

Como ha señalado Cliff Davies (3), las luchas que afectaron a Inglaterra a finales del siglo XV fueron, en parte, el producto de un proceso de creación de estado en las políticas superpuestas del noroeste de Europa. Si bien algunas partes del mapa político ciertamente se habían solidificado en 1485, otras partes no, y la posición de Bretaña, Irlanda, Escocia y gran parte del área entre Normandía y Holanda era muy incierta. El desarrollo de poderosos mecanismos estatales hizo que la intervención al más alto nivel -a través de consejeros pensionados, desafiantes dinásticos, tratados diplomáticos, embajadores permanentes- fuera más importante que nunca, sin embargo, el poder territorial de los príncipes regionales, a veces de carácter estatal, significó que no solo era reyes que formaron parte de este gran juego. Este contexto más amplio debe explicar las tribulaciones de Enrique VII tanto como la división dinástica local o las propias políticas del rey y sus resultados: Kildare y los otros señores angloirlandeses, el lugarteniente de Calais y su establecimiento, Lincoln y los otros de la Poles, Warwick, Bergavenny y los herederos de Northumberland y Buckingham eran parte de una política compleja que trascendía las fronteras nacionales, y sus lealtades y cálculos también deben haberse forjado contra ese lienzo más amplio. Cunningham está lejos de ser ciego al contexto internacional, calificando perceptivamente el asunto Simnel como `` la invasión irlandesa '', por ejemplo, y tratando las políticas de Henry hacia Gales, Irlanda y las potencias extranjeras con cierta extensión, pero, en mi opinión, podría haberlo hecho. hecho más para explorar la interacción de los marcos inglés, británico y europeo y la permeabilidad de las fronteras entre ellos: hay una explicación fundamental para la inseguridad del régimen de Enrique aquí, y no se reconoce realmente en este libro.

Las lealtades también fueron desafiadas desde otra dirección: los efectos erosivos de varias décadas de inestabilidad política (el logro de Eduardo IV se vio frustrado por su temprana muerte). Cunningham tiende a asumir que las identidades dinásticas son fuertes y sentidas. En su lectura, Henry era esencialmente un lancasteriano y solo podía atraer la frágil lealtad de los ex yorkistas, especialmente los ex ricardianos cuando aparecieron las alternativas yorkistas -Lincoln / Simnel, Warbeck, Warwick, incluso Suffolk- estos hombres regresaron fácilmente a su lealtad natural. Creo que esta es una etapa demasiado simple. Las asociaciones dinásticas ciertamente no carecían de sentido, porque estaban entretejidas en las redes sociales y los recuerdos de las familias, pero debían haber estado muy calificadas por hábitos de obediencia a la corona (y estructuras de poder y autoridad que generalmente hacían prudente esa obediencia), forjando nuevas relaciones y cambiando las circunstancias políticas. La pizarra en blanco que Enrique VII presentó a su nuevo reino en 1485 fue una gran ventaja, ya que (de una manera más limitada) lo había sido para Eduardo IV de diecinueve años en 1461 su corte mixta, de viejos lancasterianos, antiguos eduardianos. , y ricardianos perdonados, era una base de poder normal y potencialmente eficaz. Si Enrique se enfrentó a las traiciones de una sucesión de ex Yorkistas, no fue porque pensaran que alguien más era el verdadero rey, sino porque era más probable que los conspiradores se acercaran a ellos, porque temían la desconfianza de Enrique y / o porque pensaban su régimen podría colapsar y tuvo que sopesar los peligros de desafiar a sus antiguos socios con los peligros de traicionar a su vulnerable amo. Los sujetos de Henry habían vivido décadas en las que la adaptabilidad era esencial, y fue esta misma cualidad, no lealtades profundamente arraigadas, lo que los hizo tan difíciles de manejar en las décadas de 1480 y 90. Solo cuando la nueva dispensación hubiera demostrado ser inquebrantable, y una nueva generación hubiera crecido bajo ella, se desarrollarían lealtades más fuertes, y entonces tenderían a centrarse en el rey, como había sido el caso antes de las guerras civiles.

Un tercer problema general al que se enfrentó el régimen de Henry radicaba en el complejo diálogo entre el gobierno y la sociedad política en lo que evidentemente fue una era de cambio para ambos. En la segunda mitad del siglo XV, las estructuras que habían apoyado al señorío `` feudal bastardo '' se derrumbaron: los descendientes de nobles y las redes aristocráticas se interrumpieron muchas veces, la corona se volvió más capaz de atraer y gestionar las alianzas de la nobleza.El orden judicial estaba cambiando. Estos desarrollos surgieron y estimularon la política real, y el efecto general de todo este cambio fue aumentar el desorden y la incertidumbre: no solo porque era un usurpador, sino simplemente porque era rey en ese momento, Enrique VII no podía y no quería hacerlo. utilizar los medios tradicionales del gobierno local y, por lo tanto, tuvo que pagar el precio de desplegar y desarrollar otros no tradicionales. Mientras tanto, los sistemas de impuestos y representación establecidos entre c. 1215 y c. 1370 ya no eran fáciles de aplicar. Una vez más, este fue el resultado complejo de la acción real y las circunstancias cambiantes una vez más, alentaron o obligaron al rey a incurrir en dispositivos que desestabilizaron la relación fiscal y política con la masa de sus súbditos. De todo este cambio social y político radical surgió la creciente insatisfacción que se manifiesta no solo en los levantamientos populares de 1489 y 1497, sino también en la política de rebelión de la clase alta y en las iniciativas políticas del gobierno y sus críticos. Enrique VII no debe ser elogiado ni culpado por su papel en estos procesos: no fue el genio diseñador de un nuevo orden ni fue un tonto que no entendió que estaba gobernando una política aún medieval. Más bien, el rey y sus ministros -porque recordemos que se trataba de un esfuerzo conjunto- eran hombres que vivían en una época de cambios discursivos, ideológicos, institucionales y sociopolíticos rápidos y generales, y esta dinámica subyacente debería desempeñar un papel importante en explicando tanto sus éxitos como sus fracasos.

Para concluir, entonces, creo que un análisis más completo de estructuras y dinámicas más amplias podría haber aumentado el valor de este libro, pero ciertamente sería un error minimizar su importancia. Sean Cunningham nos ha brindado una excelente narrativa del reinado de Enrique VII, ha sacado a la luz muchas pruebas frescas, su libro está lleno de ideas e ideas que invitan a la reflexión y tiene cosas particularmente sorprendentes que decir sobre las localidades, los vínculos y los reconocimientos, y el política de Londres. Su Enrique VII es un gran logro y una mina de oro para cualquiera interesado en los siglos XV y XVI.


La vida temprana de Enrique VII

Henry nació en el castillo de Pembroke en Gales en 1457, el único hijo de Edmund Tudor, primer conde de Richmond, y su esposa, Lady Margaret Beaufort. Su abuelo paterno, Owen Tudor, era parte de la familia Penmynydd originario de Gales, era un paje en la corte del rey Enrique V de Inglaterra.

Se dice que Owen Tudor se casó en secreto con la viuda de Enrique V, Catalina de Valois. Uno de sus hijos fue Edmund Tudor, padre de Enrique VII. Edmund fue nombrado primer conde de Richmond en 1452 y & # 8220 oficialmente declarado legítimo por el Parlamento & # 8221.

Sin embargo, el reclamo de Henry al trono se deriva maternalmente a través de la Casa de Beaufort. La madre de Henry, Lady Margaret Beaufort, era bisnieta de John of Gaunt, duque de Lancaster, el tercer hijo del rey Eduardo III de Inglaterra y su tercera esposa, Katherine Swynford.

Katherine ha sido la amante de Gaunt durante casi 25 años cuando se casaron en 1396 y ya tenían cuatro hijos, incluido el bisabuelo de Henry, John Beaufort. La afirmación de Henry era bastante débil: materna y de ascendencia ilegítima.

El sobrino de Gaunt, Ricardo II, legitimó a los hijos de Gaunt con Katherine Swynford mediante una escritura fechada en 1397. En 1407, Enrique IV y su primera esposa emitieron una nueva escritura que confirmaba la legitimidad de los hermanos. pero al mismo tiempo los declara inelegibles para el trono.

La acción de Enrique IV tuvo una legalidad dudosa porque los niños habían sido previamente legitimados por una ley del parlamento. El padre de Henry murió 3 meses antes de su nacimiento, y Henry pasó mucho tiempo con su tío, Jasper Tudor, el hermano menor de su padre. Durante el primer reinado de Eduardo IV, Enrique estuvo al cuidado de William Herbert, conde de Pembroke.

Cuando la casa de York Eduardo IV volvió al trono en 1471, Enrique, que formaba parte de la Casa de Lancaster, se refugió en Bretaña donde pasó los siguientes 14 años, bajo la protección del duque Francisco II de Bretaña.


Si está buscando aquí la respuesta a ese pregunta: no. No, no lo hizo. No lo sabemos con certeza, por supuesto, pero no. Es muy, muy Es poco probable que lo hiciera, dado que para los estándares de la época, Enrique VII e Isabel de York tenían un matrimonio afectuoso y amoroso.

Como ha dicho otro bloguero con mucha más elocuencia de lo que yo podría haber dicho

“Algunos admiradores de Ricardo III han tratado de atribuir cualquier tipo de actos cobardes y viles a Henry Tudor, incluido obligar a Elizabeth a meterse en su cama antes del matrimonio para“ probar ”si era virgen o violar a su prometida para ver si era fértil. Acusar a Ricardo III de profanar a su propia sobrina oa Enrique Tudor de violar a su prometida debe considerarse solo con el desprecio que se merece ".

Con eso fuera del camino, presentando: la historia de amor que fueron Henry y Elizabeth.

& # 8216Una pareja en huelga & # 8217

Cuando Isabel de York, la hija mayor del rey Eduardo IV, tenía cinco años, el hombre que se convertiría en su marido ya se dirigía al exilio porque su padre había recuperado su trono. Henry Tudor, conde de Richmond (o no según el color de la rosa sentado en el trono) temía la ejecución por parte del rey de York y por eso pasó catorce años en Bretaña eludiéndolo. Aunque Eduardo IV hizo algunos intentos para que lo devolvieran y lo ejecutaran, en un momento también redactó un perdón para él y estaba preparado para invitarlo a regresar a Inglaterra. Allí, el Yorkista Edward se habría reconciliado con el Lancaster Henry y se consideró la posibilidad de matrimonio entre Elizabeth y Henry como un medio para unir las casas en guerra. Sin embargo, la posibilidad se redujo a nada cuando Isabel se comprometió con el delfín de Francia, un compromiso que la otra parte rompió en 1482.

Si Edward planeaba reconsiderar la idea de casarla con Henry Tudor, nunca tuvo la oportunidad, ya que al cabo de un año estaba muerto y Elizabeth fue llevada al santuario por su madre. El hijo de Edward, también Edward, se convirtió en Eduardo V, pero el reinado duró poco ya que él y su hermano desaparecieron de su casa en la Torre, y su tío se convirtió en Ricardo III. Bajo Richard, Elizabeth y sus hermanos fueron declarados ilegítimos por una ley del Parlamento, y su madre Elizabeth Woodville conspiró con la madre de Henry Tudor para que se comprometieran.

PAGortraits of the two are rare and unfortunately, there is no portrait of the two together

Henry pledged himself to marry Elizabeth on Christmas day of 1483 and shortly afterwards made a failed attempt to invade England. A second attempt in 1485 proved more successful and with Richard dead, Henry was declared King Henry VII of England. Henry was crowned before his marriage and there was some delay before he actually honoured his promise to wed Elizabeth. During this time she was lodged with his mother, Margaret Beaufort, and so she would almost certainly have seen her betrothed frequently. One of the first Acts of Henry’s first Parliament was to assert Elizabeth’s legitimacy which was necessary to establish before they married. Also necessary was papal dispensation to account for the blood relations between the two and two days after the dispensation arrived Henry and Elizabeth were married at Westminster Abbey.

Elizabeth of York was noted for her beauty, with her fair hair and pale skin the very model of ‘an English rose’. While Henry VII is not similarly known for his looks, at the time of his marriage, he is described as being quite attractive, and the two were thought to make ‘a striking couple.’ Although he had married her it would still be over a year before Henry would have her crowned Queen, with the event delayed by pregnancy and later, rebellion.

There is some dispute over when Elizabeth fell pregnant. Their first child, Arthur, was born on the 20th September 1486, almost eight months to the day of their wedding. Elizabeth might have been pregnant at the time of her wedding, or Arthur might have been premature (as some of his siblings would later be). Either way, it showed that Elizabeth had fallen pregnant quickly, a promising omen for a Queen. It’s not known how many pregnancies Elizabeth had in total, but she had at least seven children, though only four would survive infancy.

‘A Faithful Love’

Pregnancies aside, Henry and Elizabeth seem to have had an affectionate relationship. They were never very far from each other, the exception being when Henry put down a rebellion while Elizabeth was having Arthur. Henry refers to Elizabeth fondly in letters and while very few letters of Elizabeth’s survive in one of them she calls Henry her, “most serene lord, the king, our husband. " In lieu of letters, we have poetry written by Elizabeth, in which her happiness at her situation is evident in each example, where her personal joy forms the theme of each poem. Elsewhere there is an affectionate account of a disagreement between the two where Henry asked that he might have copies of letters from Catherine of Aragon and her parents, to which Elizabeth refused, claiming that one copy was for their son Arthur and she was quite happy keeping the other copy to herself. Perhaps it was because of the loving example set to them by their parents that the surviving Tudor children would take a relatively novel approach to marriage, with all three of them defying protocol to marry for love at various points.

Henry VIII commissioned this mural at Whitehall Palace. Here, his ‘true’ wife Jane is shown beside his mother.

There is speculation that Elizabeth conflicted with Henry’s mother, Margaret Beaufort, who was (besides the Queen herself) the first lady at court. The reason this is speculation is that if she was in competition with her mother in law it wasn’t an obvious one and there is more evidence showing the two in harmony than at odds. I mentioned that Elizabeth lived with Margaret before her marriage and the two would continue to be in close quarters (probably out of necessity rather than affection). When Elizabeth took issue with Henry’s proposals for their daughter Margaret’s marriage, it was to his mother that she appealed, and it was together that they confronted Henry.

Although Henry has an image of being a sombre miser, this is something exacerbated by Elizabeth’s death. Beforehand his privy purse records show that he was generous with gifts to his wife, at one point purchasing a lion for her amusement. It has also been suggested that he kept Elizabeth impoverished and that she had to continually mend her gowns, but again his expenses suggest otherwise. She did indeed retain a tailor to mend her dresses, but he also gifted her new ones. When she found herself in debt (owing to her generous and charitable nature rather than excessive spending habits) he, of course, paid them, and it should probably be noted that for a king who was so concerned with pageantry to establish the legitimacy of his dynasty, to keep his queen in rags and poverty would have been quite damaging.

‘Painful Sorrows’

On April 4th, 1502 Henry was woken in the early hours of the morning by his confessor, bearing the news that his eldest child Arthur had died two days previously. Aside from the obvious grief at the loss of his son this also had implications for Henry’s legacy. Arthur had recently been married to Catherine of Aragon to cement Anglo-Spanish relations, something which would clearly be affected by his loss. Then there was the fact that Henry only had one other son, Henry, who was at the time just ten years old and had in no way been prepared for the possibility of kingship.

Henry’s first reaction to the news was to immediately send for Elizabeth so that they could share the news. I think this is interesting to consider that he didn’t tengo to break the news to her personally and he wasn’t doing so just to inform her, but that they could react together and take comfort in each other. The exchange shows just that. Without being told as much, Elizabeth realises that Henry’s grief is as much in the implications for their legacy than their lost son, and she comforts him regarding it. After she had returned to her chambers and broken down herself, Henry comes to her and comforts her in much the same way.

“When his Grace under- stood that sorrowful heavy tidings, he sent for the Queen, saying that he and his Queen would take the painful sorrows together. After that she was come and saw the King her lord, and that natural and painful sorrow, as I have heard say, she, with full great and constant comfortable words besought his Grace that he would first after God remember the weal of his own noble person, the comfort of his realm, and of her. She then said, that my lady, his mother, had never no more children but him only, and that God by his grace had ever preserved him, and brought him where that he was. Over that, how that God had left him yet a fair prince, two fair princesses and that God is where he was, and we are both young enough and that the prudence and wisdom of his Grace sprung over all Christendom, so that it should please him to take this according thereunto. Then the King thanked her of her good comfort. After that she was departed and come to her own chamber, natural and motherly remembrance of that great loss smote her so sorrowful to the heart, that those that were about her were fain to send for the King to comfort her. Then his Grace, of true, gentle, and faithful love, in good haste came and relieved her, and showed her how wise counsel she had given him before and he, for his part, would thank God for his son, and would she should do in like wise”

There is much more in this exchange than simply duty between husband and wife, or cordiality between a royal couple. It had been three years (as far as we know) since Elizabeth had carried a child, (Edmund – who died at a year old) and her comments that they were ‘both young enough’ suggests that they might have already decided not to try for more children. With the future of the dynasty in question, Elizabeth had fallen pregnant within a few months of Arthur’s death. In early 1503 she went into confinement in the Tower of London, but the baby came prematurely. Some weeks before expected Elizabeth went into labour, which was apparently a difficult one and the Queen became feverish. Unusually, we find Henry not waiting for news at one of his palaces, but actually pacing outside the chambers. When he heard that the Queen was ill he immediately dispatched summons to specialist doctors across London to attend her. The baby was born a girl on the 2nd February 1503, named Katherine for her widowed sister in law but unfortunately, died eight days later on the 10th. Elizabeth’s fever deteriorated after the birth and she died a day after Katherine on the 11th February, her thirty-seventh birthday.

‘A Solitary Place’

Henry VII and Elizabeth of York’s tomb at Westminster Abbey

It is Henry VII’s reaction to Elizabeth’s death that is the strongest case to show the depth of affection they shared. He ordered a lavish funeral for his wife and leaving the arrangements in the hands of his mother, he departed for Richmond Palace and once he reached his privy chambers, he broke down and collapsed with grief. Henry was known for being private and reserved, rarely given to public displays of emotion and so it came as a shock to his attendants that he should show his grief so openly. They did not get the chance to marvel long, for he soon dismissed them and intended to grieve in private. Very quickly became ill himself, but to the further alarm of his court, he would not allow any doctors to see him and he continued to refuse assistance. In the end, it was his mother who nursed him back from the brink the only person that he would admit to his presence.

If this was a reaction to the blow this struck to the Tudor dynasty you would think Henry would be at pains to remarry quickly so that he might beget more children. Henry, who had been apparently faithful to Elizabeth during their marriage, did not marry again, nor did he pursue potential marriage negotiations with any particular fervour. The closest he came to a second marriage were his enquiries to Joanna of Naples and later, Joanna of Castille. Initially, he seemed to have designs to marry his son’s widow, Katherine, and the papal dispensation that would allow her to marry his surviving son was altered to allow her to marry him instead. This might have been a reaction out of grief, as he did not pursue her with any enthusiasm and later used her to advance negotiations with her sister, Joanna of Castille.

After Elizabeth’s death, the court’s reputation for charity diminished considerably, along with Henry’s gifts to his children and the king’s demeanour. If he had a reputation for avarice before, now he was positively mean. Elizabeth was mourned deeply by her family and Henry had the Tower of London abandoned as a royal residence he did not lodge there for the rest of his life. He remembered his wife every year and on February 11th bells were rung, masses were sung and a hundred candles were lit in her memory.

Henry survived Elizabeth by six years, but her loss had aged him considerably. He suffered recurring bouts of illnesses after his initial collapse when he lost his wife, and in early 1509 he fell ill for the last time. Once again he retreated to Richmond allowing very few people near him, though he did break his tendency of frugality by donating a sum of money to ‘women in childbed’, a somewhat random bequest but poignant given the manner of Elizabeth’s death. Suffering from tuberculosis Henry declined quickly and died on 21st April 1509. He was, of course, buried beside Elizabeth.


Henry VII's Legacy

In 1509, Henry VII died from tuberculosis, leaving his eighteen year old son, Henry, to rule England. Henry VIII, as the boy king became known, went on to become one of the most famous and infamous rulers in English history. He would marry six women over the course of his reign. Two would be accused of adultery and beheaded, two would be divorced and discarded, one would die in childbirth, and the last would outlive him. In seeking to rid himself of his first wife, Henry VIII declared England a Protestant nation and established the Church of England. The life and loves of Henry VIII have inspired numerous books, movies, and television shows, but these fictional accounts are not Henry's only legacy.

King Henry VIII

Henry VIII had three children, Mary, Elizabeth, and Edward. His young son, Edward, would reign for just a few short years however, his daughter's reigns would have long lasting repercussions. Mary's reign was marred by intense persecution of Protestants that earned her the nickname, Bloody Mary, and inspired a children's game. Henry VII's other granddaughter, Queen Elizabeth I, would go on to have a much more successful reign and become one of the most beloved monarchs in English history.


Henry VII: your guide to the first Tudor king

Henry VII’s rise to the throne is one of the most fascinating in English royal history. How and why did he become king, and what was he like as a ruler? Here, Nathen Amin reveals more about the victor of Bosworth Field who went on to found the Tudor dynasty

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Published: February 18, 2021 at 9:10 am

Henry VII (1457­­–1509) was the first monarch of the House of Tudor, ruling as king of England for 24 years from 1485 until 1509. He is often credited with ending the Wars of the Roses and fathering one of history’s most famous royal dynasties. His rise to the throne, and successful struggle thereafter to maintain his crown amid myriad threats and rebellions, is one of the most fascinating, and unlikely, stories in English royal history. Find out more about the father of the Tudors

Follow the links below to jump to each section:

  • What was Henry VII’s background?
  • What was Henry VII’s claim to the throne?
  • How did Henry VII become king?
  • Who did Henry VII marry?
  • What was Henry VII like as a person?
  • When and how did Henry VII die?
  • What is Henry VII’s legacy?

Henry VII: key dates & facts

Nació: 28 January 1457 (Pembroke)

Murió: 21 April 1509 (Richmond)

Reigned: King of England and Lord of Ireland for 24 years, from 22 August 1485 until his death. The first monarch of the House of Tudor

Coronation: 30 October 1485, Westminster Abbey

Padres: Edmund Tudor, Earl of Richmond, and Margaret Beaufort

Esposa: Elizabeth of York

Niños: At least 7 including Henry VIII, King of England, Margaret Tudor, Queen of Scotland, and Mary Tudor, Queen of France

Succeeded by: Henry VIII

What was Henry VII’s background?

Henry Tudor was born in Pembroke Castle in West Wales on 28 January 1457. His mother was Margaret Beaufort, heiress of a great English dynasty and a great-great-granddaughter of Edward III, whilst his father was Edmund Tudor, Earl of Richmond. The earl was son of a Welshman named Owen Tudor and the French dowager queen of England, Katherine de Valois (whose earlier marriage was to Henry V of England). This made Henry’s paternal half-uncle Henry VI of the House of Lancaster, who reigned over England from 1422–61 and 1470–1.

Henry VII’s ancestors included English, Welsh, French and Bavarian royalty.

What was Henry VII’s claim to the throne?

It is a fair comment that Henry VII didn’t have the strongest of claims to the English throne, but a claim nevertheless did exist. Through his mother, Henry was a great-great-great-grandson of Edward III, and though the Beauforts (the offspring of John of Gaunt, 1st Duke of Lancaster and third son of Edward III, and his mistress Katherine Swynford) had been born out of wedlock, they were nevertheless later legitimised by both pope and parliament in 1397. As per the original act, their descendants were permitted to inherit all and any office in the land as though they’d been born in lawful matrimony.

How did Henry VII become king?

The Wars of the Roses, series of bloody civil wars between Yorkist and Lancastrian descendants of Edward III who vied for the crown, had torn though England and Wales since the mid-15th century. Though Henry Tudor was the Lancastrian with the strongest claim to the throne, he had escaped to the relative safety of Brittany as a teenager, away from the conflict. His route to the throne began in summer 1483 with the disappearance of the Princes in the Tower and the controversial ascension of their uncle, Richard III. The ensuring fallout of this fracture within the House of York triggered a series of conspiracies to dethrone the new Yorkist king, who stood accused of murdering his nephews. At the forefront of these conspiracies was Henry’s mother, Margaret Beaufort, who proposed her son marry the princes’ sister Elizabeth of York to symbolically unite the two warring houses.

By the summer of 1485, Henry had amassed a modest army that was a combination of Lancastrian veterans, dissident Yorkists and French mercenaries. Coming from France, they landed in Henry’s native Pembrokeshire on 7 August and marched through the heart of Wales and into central England until they were intercepted by Richard III’s larger royal force. On 22 August 1485, at Bosworth Field in Leicestershire, Henry’s army overcame that of Richard’s, who in the final moments was pulled from his horse and slain. In the fallen king’s place stood, according to one foreign source, a man “without power, without money, without right to the crown of England, and without any reputation but what his person and deportment obtained for him”. He was now Henry VII, the first Tudor king.

Whatever the merits of Henry’s blood claim, ultimately, he became king on the principle of conquest, which was interpreted by contemporaries as the judgement of God. During his coronation on 30 October 1485, the archbishop of Canterbury declared Henry to be the ‘rightful and undoubted inheritor by the laws of God and man’ to the English crown, whilst the three estates of the realm, the Commons, the Lords, and the Church, approved his accession one week later during the first parliament of the reign. Henry was the king, quite simply, because he was the king.

Who did Henry VII marry?

To attract the Yorkist support he needed to build an army, upon becoming king Henry VII honoured a pledge to marry Elizabeth of York, the eldest daughter of Yorkist king Edward IV. The wedding took place in Westminster Abbey on 18 January 1486 and though little is recorded of the actual ceremony, one court poet remarked “great gladness filled all the kingdom” to see the warring houses united.

As far as royal marriages go, Henry and Elizabeth’s union ranks as one of the more successful. Together they had at least seven children (Arthur, Margaret, Henry, Mary, Elizabeth, Edmund, and Katherine), and there is evidence the marriage was deeply loving. When their heir Arthur died aged 15 in 1502, the queen soothed her heartbroken husband with “full, great, and constant comfortable words”, remarking they were young enough for more children. When Elizabeth’s own grief struck once she returned to her chamber, however, it was Henry’s turn, “of true, gentle, and faithful love”, to offer comfort.

Though Elizabeth did indeed become pregnant soon after, on 11 February 1503, the queen died from complications arising from childbirth. If Henry VII had been shaken by Arthur’s death, then his queen’s sudden demise completely incapacitated the king, who for the first time in his reign physically and mentally collapsed. News of her death was “heavy and dolorous” to the king, who “privily departed to a solitary place to pass his sorrows and would no man should resort to him”. When Henry did finally abandon his chamber, it was an altogether colder and isolated man that emerged, one that “began to treat his people with more harshness and severity than had been his custom”. He never recovered.

What was Henry VII like as a person?

Henry VII is often viewed as a dour, miserly king devoid of warmth, but this is an unfair assessment based on the historical record. It is certainly true he later descended into the grip of avarice as the reign wore on (a conscious decision to protect his dynasty using wealth), but he was also free spending. Just two extraordinarily opulent projects which owed their origins to Henry VII were the Lady Chapel at Westminster Abbey and the state-of-the-art palace at Richmond. He invested heavily in jewels and gold for his family, and surviving financial records depict a king content to spend his coin on everything from musicians to mead.

Of his personal character, Henry was affable and gracious, widely regarded as quick-witted and insightful. To his family he appears affectionate, and to his mother in particular he was deferential, though not quite submissive as commonly believed. His resolve in the face of danger was unshakable, and his will to succeed never deserted him. As king, Henry was known to be vigilant of those around him, a wariness sometimes perceived as paranoia. When considering his youth had been spent evading assassination in exile, his reign littered with threats to his family, this cautiousness in a turbulent world is perhaps understandable.

Physically, Henry was tall and slender, though considered strong. His eyes were small and blue, his face cheerful, and in later life, at least, his white hair thinned and his teeth few and black. Despite this, he was deemed remarkably attractive when speaking, a level of natural charisma which may have attracted support during his rise to the throne. In short, Henry appears a far warmer, if complex, character that far removed from the two-dimensional accountant-king history has unfairly judged him to be.

When and how did Henry VII die?

Henry died on 21 April 1509 in Richmond Palace. He was 52 years old. The final years of Henry’s reign were marked by persistent illness, and he was often greatly incapacitated with sickness. The cause of death is likely to have been tuberculosis. He was buried in the extravagant Lady Chapel he had built at Westminster Abbey, laid to rest next to his wife Elizabeth of York.

What was Henry VII’s legacy?

It is true that Henry VII’s son and granddaughter, Henry VIII and Elizabeth I are better remembered in the modern British consciousness, but that should not minimise the considerable impact of the first Tudor monarch. Henry VII’s chief legacy is unquestionably the peaceful bequeathing of power to his 17-year-old son Henry VIII, armed with the restoration of royal power, a replenished treasury, and the rehabilitation of England’s continental reputation.

Although William Shakespeare and generations of historians have portrayed Henry’s improbable victory at the battle of Bosworth as the moment the Wars of the Roses were brought to a close, it is perhaps accurate to consider the first Tudor king’s death in 1509 as the moment the flame of conflict was truly extinguished. By surviving into middle age and suppressing opposition to his rule, Henry was the first monarch in 87 years (since Henry V in 1422) to oversee a successful and lasting succession, his heir descended from both the houses of York and Lancaster and roundly popular.

In the longer-term, by marrying his daughter Margaret to the Scottish king James IV, notably against the advice of his subjects, it may be conjectured Henry VII was not only responsible for the Stewart accession to the English throne in 1603, but also the later development of Great Britain. His direct descendant still sits on the throne today – Queen Elizabeth II.

Nathen Amin is a Welsh author specialising in the study of Henry VII and the Wars of the Roses. His first book Tudor Wales was released in 2014, followed by the bestselling House of Beaufort in 2017. His forthcoming book is Henry VII and the Tudor Pretenders.


Henry VII

Henry VII is also known as Henry Tudor. He was the first Tudor king after defeating Richard III at the Battle of Bosworth in August 1485. This battle saw the end of the Wars of the Roses which had brought instability to England. Henry VII was king of England from 1485 to 1509. His second son, also called Henry, inherited the throne and became Henry VIII. Henry VIII and Elizabeth I tend to dominate Tudor history and their lives do overshadow the importance of Henry VII’s reign.

The Wars of the Roses had been a constant battle between two of England’s most powerful families – the families of York and Lancaster. Henry was a member of the Lancaster family and to bring the families closer together he married Elizabeth of York soon after being crowned king.

However, the powerful York family remained a threat to him for years to come as they never recognised their defeat in the Wars of the Roses nor did they want a member of the Lancaster family as king of England.

However, Henry was a very difficult opponent. He was a clever man who was determined not to lose his throne. He quickly identified the main problem he faced – the powerful barons of England. They were rich and they had their own private armies. During the Wars of the Roses, they had not been loyal to either side – renting out their private armies to the family that paid the most. Henry had to control them.

Henry had a three-way plan to bring the barons under his control.

First, he banned all private armies. Any baron who disobeyed this royal command would be committing treason which carried the death penalty.

Secondly, he heavily taxed the barons to reduce their wealth. The money raised could be used by Henry to develop his own royal army. A powerful royal army was an obvious threat to the barons.

The third way of controlling the barons was to use the Court of Star Chamber. This was a court run by men who were loyal to Henry VII and they could be relied on to severely punish any baron who angered the king.

With these three potential punishments against them, the barons, though a threat to Henry VII, were reasonably well tamed by him.

Unlike many kings before him, Henry took a keen interest in financial matters as he knew that a wealthy king was a strong king and a poor king was a weak one. He also knew that money would expand his army and the larger his army was, the more powerful he was in the eyes of the barons. This alone, he believed would keep them loyal.

Though he was very careful with money, he also enjoyed himself. He was keen on playing cards. On January 8th, 1492, he put aside the large sum of £5 for an evening of gambling. We know that he lost £40 playing cards on June 30th, 1492. He regularly tipped those who entertained him – especially musicians – the sum of 33p – not much by our standards, but a good sum of money for an entertainer in Tudor times. He was also very keen on playing Real Tennis.

To develop better relations abroad, and to avoid costly foreign wars, he had arranged for his eldest son – Arthur – to marry a Spanish princess called Catherine of Aragon. Aragon is in north-east Spain. Such political marriages were common among the children of royal families. Neither Arthur nor Catherine would have had the opportunity to say no to the marriage.

The marriage lasted only five months as Arthur died. To maintain a friendship with Spain, Henry arranged for Catherine to marry his second son, Henry, the future king of England. Henry VII died before the marriage took place.

When he died in 1509, the country was by past standards wealthy and the position of the king was good. The barons by 1509 had been all but tamed. Many barons believed that it was better to work with the king than against such a powerful man.

Henry VIII inherited many advantages from his father’s reign as king. The reign of the Tudor family – 1485 to 1603 – is famous for many occurrences and two monarchs stand out (Henry VIII and Elizabeth I), but the 118 years of Tudor England has a great deal to thank Henry VII for as he got the Tudor family off to a stable and powerful start.


Henry VII

When the public are asked about the Tudors they can always be relied upon to talk about Henry VIII, Elizabeth and the great events of those times the Armada perhaps, or the multitude of wives. It is however a rarity to find anyone who will mention the founder of the dynasty, Henry VII. It is my belief that Henry Tudor is every bit as exciting and arguably more important than any of his dynasty who followed.

Henry Tudor ascended the throne in dramatic circumstances, taking it by force and through the death of the incumbent monarch, Richard III, on the battlefield. As a boy of fourteen he had fled England to the relative safety of Burgundy, fearing that his position as the strongest Lancastrian claimant to the English throne made it too dangerous for him to remain. During his exile the turbulence of the Wars of the Roses continued, but support still existed for a Lancastrian to take the throne from the Yorkist Edward IV and Richard III.

Hoping to garner this support, in the summer of 1485 Henry left Burgundy with his troop ships bound for the British Isles. He headed for Wales, his homeland and a stronghold of support for him and his forces. He and his army landed at Mill Bay on the Pembrokeshire coast on 7th August and proceeded to march inland, amassing support as they travelled further towards London.

Henry VII is crowned on the battlefield at Bosworth

On 22nd August 1485 the two sides met at Bosworth, a small market town in Leicestershire, and a decisive victory was had by Henry. He was crowned on the battlefield as the new monarch, Henry VII. Following the battle Henry marched for London, during which time Vergil describes the whole progress, stating that Henry proceeded ‘like a triumphing general’ and that:

‘Far and wide the people hastened to assemble by the roadside, saluting him as King and filling the length of his journey with laden tables and overflowing goblets, so that the weary victors might refresh themselves.’

Henry would reign for 24 years and in that time, much changed in the political landscape of England. While there was never a period of security for Henry, there could be said to be some measure of stability compared to the period immediately before. He saw off pretenders and threats from foreign powers through careful political manoeuvring and decisive military action, winning the last battle of the Wars of the Roses, the Battle of Stoke, in 1487.

Henry had gained the throne by force but was determined to be able to pass the crown to a legitimate and incontrovertible heir through inheritance. In this aim he was successful, as upon his death in 1509 his son and heir, Henry VIII, ascended the throne. However, the facts surrounding the Battle of Bosworth and the swiftness and apparent ease with which Henry was able to take on the role of King of England do not however give a full picture of the instability present in the realm immediately before and during his reign, nor the work undertaken by Henry and his government in order to achieve this ‘smooth’ succession.

Henry VII and Henry VIII

Henry’s claim to the throne was ‘embarrassingly slender’ and suffered from a fundamental weakness of position. Ridley describes it as ‘so unsatisfactory that he and his supporters never clearly stated what it was’. His claim came through both sides of his family: his father was a descendant of Owen Tudor and Queen Catherine, the widow of Henry V, and while his grandfather had been of noble birth, the claim on this side was not strong at all. On his mother’s side things were even more complicated, as Margaret Beaufort was the great-granddaughter of John of Gaunt and Katherine Swynford, and while their offspring had been legitimised by Parliament, they had been barred from succeeding to the crown and therefore this was problematic. When he was declared King however these issues appear to have been ignored to some extent, citing he was the rightful king and his victory had shown him to be judged so by God.

As Loades describes, ‘Richard’s death made the battle of Bosworth decisive’ his death childless left his heir apparent as his nephew, the Earl of Lincoln whose claim was little stronger than Henry’s. In order for his throne to become a secure one, Gunn describes how Henry knew ‘Good governance was required: effective justice, fiscal prudence, national defence, fitting royal magnificence and the promotion of the common weal’.

That ‘fiscal prudence’ is probably what Henry is best known for, inspiring the children’s rhyme ‘Sing a Song of Sixpence’. He was famous (or should that be infamous) for his avarice which was commented upon by contemporaries: ‘But in his later days, all these virtues were obscured by avarice, from which he suffered.’

Henry is also known for his sombre nature and his political acumen until fairly recently this reputation has led him to be viewed with some notes of disdain. New scholarship is working to change the King’s reputation from boring to that of an exciting and crucial turning point in British history. While there will never be agreement about the level of this importance, such is the way with history and its arguments, this is what makes it all the more interesting and raises the profile of this oft forgotten but truly pivotal monarch and individual.


King Henry VII of England and Wales 1457 – 1509

Nació – 28th January 1457
Murió – 21st April 1509
Royal House – Tudor
Padre – Edmund Tudor (1430 – 1456)
Madre – Margaret Beaufort (1443 – 1509)
Esposa – Elizabeth of York (1466 – 1503)
Children – Arthur (1496 – 1502), Margaret (1489 – 1541), Henry (1491 – 1547), Elizabeth (1492 – 1495), Mary (1496 – 1533), Edward (c 1498 – 1499), Edmund (1499 – 1500), Katherine (1503)
King of England – 1485 – 1509
Predecessor – Richard III – 1483 – 1485
Successor – Henry VIII – 1509 – 1547

Published Oct 2, 2017 @ 11:59 am – Updated – Feb 15, 2021 @ 4:56 pm

Harvard Reference for this page:

Heather Y Wheeler. (2017 – 2020). King Henry VII of England and Wales 1457 – 1509 Timeline. Available: https://www.totallytimelines.com/henry-vii-1457-1509 Last accessed June 16th, 2021


Ver el vídeo: Henry VII - Father of the Tudors Documentary


Comentarios:

  1. Raimond

    De hecho extraño

  2. Elishama

    Cual es la frase... Super, genial idea

  3. Javier

    Lo siento, eso ha interferido ... Entiendo esta pregunta. Es posible discutir. Escribe aquí o en PM.

  4. Odion

    ¿Permitir que te ayude?

  5. Walworth

    No parezcas un experto :)



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